A veces me pregunto si me recuerdas, si piensas en mí, si en tu aje..." /> A veces – El Perla Negra

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Historias

Publicado en diciembre 24th, 2016 | by David Vargas

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A veces

A veces me pregunto si me recuerdas, si piensas en mí, si en tu ajetreada vida te detienes un momento y me dedicas un pensamiento o un suspiro, tal vez al comenzar el día o en la noche antes de dormir.

Me gusta pensar que recuerdas a aquellos dos niños que un día decidieron que ya estaban muy grandes como para no saber besar y que practicaban con un árbol a la orilla de un caudaloso arroyo antes de dar su primer beso, ¿recuerdas cómo la resina del árbol quemó mis labios y tuvimos que esperar un mes antes de volver a intentarlo?

Es grato recordar nuestro primer beso, fue los más increíble que jamás me había pasado y para ser honesto, aún lo considero como el beso más dulce y tierno de mi vida. De los recuerdos más valiosos que conservo en mi gastada memoria, ese beso ocupa un lugar muy especial.

A veces me pregunto si recuerdas al chico que una vez rompió el cristal de tu ventana aquella noche al no poder aguantar hasta el amanecer, arrojó una roca para despertarte y pedirte perdón por… ya no tiene importancia. Mamá tuvo que pagar ese cristal y yo tuve que pagarle a ella con los domingos que me daba papá; al final mamá le pagó a papá pues en realidad fue él quién dio el dinero. Yo fui el único culpable de todo ese enredo, pero también el único que salió perdiendo, aunque fue lo justo; pero valió la pena, pues me perdonaste con la condición de que me fuera antes de que tus padres salieran al patio y vieran mi desastre.

Me pregunto si recuerdas nuestros paseos a caballo por el llano. Tal vez nunca te lo dije pero amaba ver tu rostro enrojecido por el agonizante y cansado sol, mientras el trotar del caballo agitaba tus mejillas y el viento jugaba con tu pelo rojizo y ondulado. Mis ojos se humedecían al ver tan sublime escena.

A veces me pregunto si me recuerdas, si alguna vez has cerrado los ojos y al igual que yo piensas en nuestro baile de graduación. ¡Dios mío!, te mirabas tan hermosa esa noche con ese vestido púrpura con miles de lentejuelas brillantes; como una princesa de cuento.

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Ojalá recuerdes cómo tomaste mis sudadas y nerviosas manos y me llevaste hasta la pista. Yo nunca había bailado y doy gracias a Dios que esa noche usabas guantes, de no ser así hubieras notado mi sudor; sin embargo, sí notaste mi nerviosismo, al cual respondiste con una sonrisa y un “tranquilo, también es mi primera vez”, acercaste tu cuerpo al mío y pude tranquilizarme, mi mano izquierda tomó tu mano derecha y la otra buscó tu espalda, la tuya hizo lo mismo. El mundo desapareció, sólo éramos tú y yo y la música que venía del cielo. Tu cabeza cayó en mi hombro y entonces pude conocer el verdadero amor. Siempre tuve el deseo de que ese baile nunca terminara, pero terminó.

Y también a veces me pongo a recordar aquella tarde lluviosa, aquella chica despidiéndose, aquel chico con el corazón partido en dos y aquel tren alejándose lentamente. Sí, a veces recuerdo ese día, desde entonces no te he vuelto a ver. He brindado por ti en silencio cada navidad durante más de 30 años, las canas me alcanzaron demasiado pronto para mi pesar, nuestro árbol en el arroyo fue talado y reemplazado por un puente, el llano fue transformado en un centro comercial; mis hijos han crecido y se han ido de casa y yo… bueno, vivo feliz con mi esposa,

y aunque sólo en ocasiones me pongo a recordar nuestra historia, a ti siempre te llevo en mi corazón.



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David Vargas



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