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Historias

Publicado en octubre 9th, 2015 | by Alice Headlight

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Cuando tu recuerdo me atormenta…

El cielo se teñía de enormes destellos de luz, podía escuchar el estruendo del granizo sobre el techo, cada uno de mis poros estaba abierto así que sentía cómo el frío entraba en mí y recorría cada centímetro de mi cuerpo. La luz del cuarto era tan tenue que se asemejaba al término del atardecer en una tarde de invierno; a pesar de la compañía de mi abuela, la soledad reinaba por toda la habitación, en realidad me sentía inundado por la tristeza y la desolación que me había dejado tu partida.

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Ese vacío en mi pecho acompañado por ese maldito nudo en la garganta hacía que las pocas ganas de vivir se esfumaran en un abrir y cerrar de ojos, todo se había convertido en una triste sonata de recuerdos cálidos que se abrazaban a mí en cuanto intentaba olvidarte, era inútil intentar sacarte, estabas en mis venas, en mis latidos, en cada respiro y en cada milésima de piel.

En los últimos días un pequeño rincón de la cocina se había convertido en mi lugar favorito, me parecía buena idea quedarme ahí, pues mi abuela siempre estaba en esa parte de la casa, me gustaba obsérvala moviendo los trastes, yendo de aquí para allá por los condimentos de la comida, pero lo que más me gustaba era escuchar el repertorio de historias de antaño que solía recitar todos los días; en ocasiones sentía pequeñas ráfagas de vida, pero éstas huían en cuanto tú resonabas en mi cabeza para recordarme que seguías ahí…

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-¿Me estás escuchando?-dijo mi abuela mientras movía la olla de café -a veces creo que estás sordo hijo.

Sí abue, te escuché, sólo que a veces me gusta imaginar lo que me cuentas- dije con una media sonrisa.

¡Ay cariño! Tú y tu mente, desde que naciste no has dejado de pensar, un día te volverás loco-soltó una carcajada.

A lo mejor los locos olvidan más rápido que la gente cuerda abue– suspiré.

No hijo, las cosas que te marcan no se olvidan, esas se quedan adentro, se guardan en el alma-dijo mientras me daba dos palmadas en la espalda.

Observé cómo mi abuela salía de la cocina, escuché rechinar la olla de café, me acerqué a la estufa y vi cómo el vapor del café se perdía en el aire. Entonces recordé nuestra primera noche juntos, recordé la calidez de tu cuerpo sobre el mío; era una noche lluviosa, fría pero perfecta para dormir por primera vez acurrucado en ti, esa fue una de mis primeras noches favoritas a tu lado.

De repente y sin quererlo, me pareció sentir tus dedos sobre mi espalda, haciendo pequeños círculos, comencé a imaginar tu respiración por encima de mi cuello y para terminar de matar el poco aliento que me quedaba, pude sentir tus labios en mi nuca mientras veía cómo se clavaba tu mirada en mis ojos.

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Las lágrimas comenzaron a brotar, apreté los ojos para detenerlas pero el esfuerzo fue en vano, todas mis fuerzas se desvanecieron; entonces recordé nuevamente que te habías llevado todo, que habías arrasado con todo lo que estaba a tu paso, recordé que simplemente decidiste dar la vuelta y marcharte.

Regresé a la silla de mi rincón y decidí que no volvería a moverme de ahí… ¡Nunca, jamás! O al menos hasta que pudiera disimular el dolor que sentía en el alma; traté de pensar en las cosas que me hacían feliz, pero al final todas me remitían a ti, ahí fue cuando me di cuenta que había compartido cada parte de mi vida contigo, sin detenerme a pensar en las consecuencias de lo que eso implicaba.

Estúpidamente sonreí y fue justo en ese instante que me di cuenta de lo jodido que estaba todo, pues no me arrepentía de nada, estaba absolutamente satisfecho con la felicidad que me habías dado, aunque ahora no estuvieras, aunque todos los días agonizara, aunque sintiera que mi alma se desgarraba en cada suspiro al pensarte, aun con todo eso… Te quería.

Estaba escondiéndome del mundo en un rincón de la cocina de mi abuela y aun así… ¡Yo te quería!

 

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La escritura comenzó a llenar los pequeños espacios de mi vida cuando descubrí lo maravillosa que era; tengo 22 años y he decididó tomar el camino que las letras me indiquen.



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