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Historias

Publicado en diciembre 9th, 2016 | by Karlita

El día que nací, 27 años después

Me gustaría que aceptaras mi invitación, porque quiero pasar todo el día de mi cumpleaños contigo y que todos los demás se olvidaran de que existo, que se olviden de que contestaré sus llamadas, que iré a partir el pastel y compartirlo.

No quiero hacerlo, quiero pasar mi día en pijamas vagando por tu cocina, que los dos tengamos puestos esos mamelucos ridículos de algún personaje de película para niños, desayunar hotcakes de colores y limpiar mientras escuchamos música e imaginamos que el palo de la escoba es el micrófono que nos hace artistas.

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Mientras tú te alistas vistiéndote de negro, yo me escapo fuera de tu casa para hacer mi gran aparición un par de horas después, envuelta como un regalo. Para tu pupila y para mi ego, me veo frente al espejo en un vestido negro con encaje y botas Timberland, collar de los 90, uñas pintadas y labios color carmín. Ambos subimos al coche, tú el conductor, yo la copiloto. Los olores de nuestros perfumes se quedan impregnados en el auto para guardar el recuerdo del día de hoy como una pequeña probadita del momento que existió, que estuve ahí y que en tu memoria estuviera permanente.

Vamos cantando «Desde esa noche» de Thalía, me equivoqué en un verso y te burlaste de mí, los demás conductores se nos quedan viendo; te miran muchas mujeres, a mí muchos hombres y juego con mi mirada, les coqueteo a morir, lo puedo hacer porque sé que ellos no saben que no somos nada, que aparentamos serlo todo, pero no.

Medio mundo nos mira ¿qué pasará por sus cabezas? ¿que somos la pareja perfecta?, sí, porque no estamos juntos pero nunca nos dejamos solos, esa es la clave.

Me pongo un poco celosa pero no digo nada, nada, no sé cómo pero me pude mantener callada porque sabía que tú día era mío y el mío completamente tuyo. Te regalé el día en que nací para pasarlo contigo, porque así debió ser desde mi primer respiro, desde que abrí los ojos… así debió de ser porque vine a amarte, nada más.

Te dejé escoger a dónde ir porque yo no sabía qué decidir. Aprovechamos la oferta del cumpleañero y el clásico regalo del postre mostrando la ID. Tomabas fotos y vídeos para subirlos a alguna red social, disfrutabas verme sonreír pero no lo percibías, te veía sonreír y me hacías feliz. No era tan mala compañía después de todo, fue la primera vez que me sentí suficiente para alguien y para algo.

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Ahora de regreso manejo yo, no sabes a dónde vamos pero he contratado un fotógrafo profesional para que nos tome fotos mientras embarras mi cara hermosamente maquillada en un pastel y así mato dos pájaros de un tiro, unas fotos contigo por sí se te olvida y unas risas gratuitas.

Unas manchas en tu saco, en mi vestido, betún en tu boca y en la mía; ahí mírate, tan guapamente feliz y fantásticamente sonriente, la alegría te queda bien, te hace ver más que elegante con ese traje y yo soy libre de hacer el ridículo y tengo la confianza de que tú tengas todas las pruebas. Te embarro más betún, es un desastre, pero uno bonito e inolvidable.

Me he lavado la cara, han pasado 45 minutos y ya no somos modelos. Me conoces así, sin maquillaje, y aún así te sientas conmigo a platicar desde las 8 hasta las 12 sin echarle un vistazo a tu celular. Platicamos de la vida, de los planes, tus hijos, los míos, futuro. Técnicamente juntos pero a nuestra manera de libertinaje. Te amo pero no te lo digo, sonrío como en las fotos que todavía no se editan ni se imprimen, están trabajando en eso.

¿Cuál ha sido mi mejor regalo?, que el único que supiera que existo fuiste tú. Me diste recuerdos y los demás buscándome desesperados, miles de llamadas perdidas, mensajes y de más…

pero nada como pasar el día entero contigo, nada más.

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