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Publicado en agosto 21st, 2015 | by Edith Neri

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Esos labios muertos…

Escribo hoy, el más fúnebre poema.
Estoy aquí a tu lado viéndote palidecer. Observando como tus ojos cambian al triste gris de la muerte que merodea a tu alrededor en busca de ese, tu último aliento.

Estoy postrada a tu lado. Tratando de discernir la idea de que tu agonía, es el preludio de algo inminente. Estoy aquí, con el corazón oprimido esperando el final. Esperando el último aliento, el último beso. El fin de una historia. Intento mantener la calma, no quiero perder la compostura, pues si éste va a ser el final, necesito que te marches en paz.

Ahora entre la poca luz que refracta temerosa por la rendija de la cortina y que levemente llega a tus labios, me hace remontar al pasado cuando besé por vez primera tu boca y sentí esos tus labios carnosos y sensuales. Labios a los que desde ese instante me rendí. Tu cuerpo bello y tus brazos fuertes que en tantas discusiones no me permitieron huir. Que me encadenaban a tu cuerpo, tus manos que sujetaban las mías por disgusto o placer. Por pelea o por atracción. Pero eras fuerte y enteramente bello de cabeza a pies.

Recuerdo bien esa personalidad sublime y esa presencia que me solía intimidar. Ese pecho en el que tantas veces rodaron mis lágrimas. ¡Dios mío qué bello eras! No es de sorprender que esta historia terminara así. Pero ahora que te veo así, indefenso, marchito, una sombra gris de lo que antes fuiste, una voz débil, casi un despojo, ahora sólo ahora comprendo que cumplí la misión que tenía. Y esta concluyendo al fin.

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Has enfermado últimamente. Varios dolores te han llevado por más de seis meses al médico. Uno y mil estudios médicos que nada dejan claro. Has enfermado al punto en que abandonaste tu empleo. Seis meses de agonía profunda. Preguntando a ti mismo que te ha sucedido entre tu desesperación e impotencia. Sabías, presentías este fin inminente. Sabías que tarde que temprano, llegarías a morir.

Ahora aquí, con tu último esfuerzo, con tu poca fuerza, me pides me acerque a ti pues algo tienes que decirme. Yo accedo y acerco mi oídos a tus labios ya fríos. Y susurras:

– Debes perdonarme. No puedo morir sin recibir tu perdón. Te he engañado y te he traicionado. Yo te fui infiel, te fui infiel con ella, la que llamas tu amiga. Fui muy estúpido pero sé que me voy a marchar, pero no quiero ni puedo irme sin saber que cuando menos siendo sincero puedo reparar el daño. Necesito tu perdón.

Suspiro.
No estoy sorprendida. No esperaba menos de ti. Tomo aire y susurrando a su oído, dejo que broten las siguientes palabras:

– Mi amor te perdono. Te dejaré partir con la conciencia tranquila. Yo siempre supe que me engañabas y esa es la razón por la que estamos aquí. Debes estar tranquilo. Pues si estamos aquí, y si hoy estas muriendo, es que yo te he envenenado…

Y con dificultad se mostró alterado, pero la fuerza se marchó de su lado y ese último aliento se consumió entre sus labios.

Labios traicioneros, labios pecadores, esos labios… muertos.

 



Publicado por

Edith Neri

Lic. En Ciencias de la Comunicación. Amante de la lectura, el cine y la música. Amante también de lo gótico, terror y suspenso. Enamorada del amor y la muerte. Mi pasión escribir. Mi cita favorita " ...Todo lo que he amado, lo he amado solo" (Fragmento del poema "Alone" de Edgar Allan Poe)



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