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Historias

Publicado en agosto 8th, 2015 | by Wendy Rios

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Existen personas que no deberían amar II. Capítulo 7

Esta situación era deplorable. Había estado en ella antes, pero ahora era mucho más alarmante e inquietante que anteriores veces.

Posado frente a un joven alto, cercano a los veintinueve, cabello corto de nuca dibujada, de color rubio con ciertos toques de marrón. Ojos de tipo almendrado de un tono celeste. Su perfil griego le daba un aspecto bastante varonil. En efecto, era un hombre de buen parecido y lo que es peor, era amigo de mi querida novia.

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-Oh, tú debes ser el novio de Emilie. Un placer, soy Raúl Braswell-

-El gusto es mío. Mi nombre es Lisandro Riveil.- Compartimos un apretón de manos. Algo me inquietaba de su sonrisa burlona.

-¿Riveil? ¡Ah! Tú debes ser el dueño de Sourcelife, la famosa empresa de los Crowley. Pensé que eras escritor, recuerdo haber leído un libro tuyo hace tiempo. –

-Sí, así era antes de tomar el puesto de presidente en la compañía.-

-Oh, ¿Escribir es tu pasatiempo?- Preguntó en tono burlón.

-No. Pasatiempo para mí es estar dirigiendo la empresa. Mi profesión es ser escritor.-

-Que arrogante suena decir eso. Eres líder de una de las empresas mundialmente reconocida por sus avances innovadores hacia la economía y aun así te atreves a decir que es tu hobby, pero no me lo tomes a mal. En lo personal me agradan tus textos.-

-Gracias.- Agregué secamente. No me apetecía seguir hablando.

-Si no te importa. Me gustaría hacerte una pequeña pregunta que me intriga un poco. ¿Cómo es que llegaste a tal cargo de la empresa? Siendo un famoso escritor, no veo la necesidad de irte a tal lugar, incluso por pasatiempo.-

-Es cierto que no llevo el apellido Crowley. Pero no lo necesité para comprobar mi parentesco con el anterior líder. Mi padre fue el distinguido empresario dueño de la compañía. Por cuestiones del destino, terminé accediendo suceder a mi padre. –

-¿Eres hijo de Rafael Crowley? Que interesante. Supongo que tienes razón, el apellido no tiene mucho sostén.- Sonrió satíricamente. Emilie había dicho que su amigo era muy simpático, pero era todo lo contrario… O al menos conmigo. – ¡Ah! Lo siento Emilie, creo que te dejamos a un lado.- Su voz se hizo más suave. Que tipo tan extraño.

-Uh, no importa. De todas formas, aunque me metieran en su plática, no sabría de qué hablar.-

– Tú siempre tan linda y encantadora.- Lanzó una mirada así mi dirección bastante retadora. No sé qué estaba tratando de hacer. Tal vez provocarme era su intención, pero ¿por qué?

-¿Pero qué dices? Yo no soy nada de eso. Creo que me estás alagando de más.- Su sonrisa inocente que le brindó fue como un golpe directo a mi estómago.

-La modestia es lo que más me gusta de ti. Sin duda alguna forma parte de tu belleza. Lisandro tiene mucha suerte de tenerte.- Apartó el cabello de Emilie, enredándolo alrededor de su oído.

La cólera iba en aumento. Estaba furioso por tal acontecimiento. Ni yo entendía el abrumador sentimiento de odio. Quería apartar lo más pronto posible su mano de ella.

-Y-Ya para por favor…- El rostro de Emilie comenzó a ponerse ruborizado. Su voz sonaba nerviosa. Él realmente había logrado poner tal expresión en su rostro. Raúl me observó sonriendo con aires de campeón. No hacía falta dejar pasar más tiempo para deducir sus intenciones.

-¡Bien! Deberíamos dejar las distracciones. Estoy muy ansioso de que me enseñes la ciudad.- Tomó su mano delicadamente y comenzó a avanzar recto. Su mirada era clara e ingenua. Se podía apreciar cierta honestidad espontanea. Yo deseaba que ella apartara su mano, que alejara el toque de sus dedos, pero Emilie no lo hizo.

Algo de esa escena me resultó bastante familiar. Era casi como un Déjà vu. El intercambio de miradas y sonrisas que compartían me producían un fuerte sabor amargo. Esos pequeños acontecimientos fueron los que me hicieron perder a Carolina…

Yo no quería perder de nuevo al amor de mi vida. No lo soportaría. Ya no lo permitiría.

-Entonces vámonos. Te aseguro que no te arrepentirás de haberte mudado.- Su tierna sonrisa tan encantadora me dejaba inmóvil e impotente. –Lisandro, vamos.- Ella regresó a verme tan amorosamente, profunda y suavemente. Como si hubiese oído mi petición, extendió su frágil mano. Verla esperar por mí me llenó de felicidad.

Quizás sólo sea mi paranoia. Quizás sólo sea mi mente traicionándome. Quizás, sólo quizás son los celos impulsivos que tengo.

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Los tres dimos un recorrido por el parque de la avenida principal. Era un poco tarde así que poca gente se encontraba deambulando. Tranquilo y callado, sentí el sereno rozar mi rostro. Hacía tiempo que no salía con Emilie, pero el hecho de que Raúl estuviese con nosotros no era lo que tenía en mente.

-¡Oh! Mira Emilie. ¿No son hermosos?- Raúl se había detenido frente a un artista callejero que había extendido sus obras en la cera de la calle. Repleto de cuadros con distintas ilustraciones, él parecía muy entusiasmado.

-Son bellísimos.- Ella se acercó un poco, quedando al lado de Raúl. Ambos parecían disfrutar la vista de aquellas pinturas. Tenía que dejar de lado mis celos, sino terminaría como un auténtico amargado. Debía disfrutar el recorrido y compañía del amigo de Emilie.

-Este es precioso.- Raúl apuntó un cuadro en el que se podía apreciar a una chica de perfil con aspecto joven sosteniendo una pequeña flor roja. El cabello de la doncella, parecía ser elevado por el viento. Danzaba hasta perderse en una gama de colores de fondo. Una fina sonrisa se podía ver en el rostro. Algo peculiar de aquel cuadro, era la fija mirada que brindaba hacia la flor. –Es una excelente representación de lo contemporáneo. El color de sus ojos me recuerda a los tuyos. Aun conservas esa tierna mirada…- Agregó melancólicamente.

-¿Eh? ¿De qué hablas?- Preguntó Emilie confundida.

-Ah… No es nada. Olvídalo.- La expresión de su cara parecía como si estuviera escondiendo algo. Ahora estaba más inquietado.

-Oh es cierto. Habías dicho que te encantaba pintar ¿no es así?-

-Si… Pero eso fue hace tiempo.- Su voz energética pronto se fue opacando. – Sigamos.- Cortó la conversación drásticamente y continuó avanzado. Tenía muchas dudas ante su actitud tan tajante de repente.

Emilie parecía una guía experta. Se sabía el nombre de todas las calles, recomendaba lugares para visitar, así como explicar el origen de los monumentos que adornaban ciertas plazas. Visitamos un par de lugares turísticos a petición de Raúl, al igual que algunos centros históricos cercanos.

La hora de la cena se acercaba y Emilie propuso ir a un restaurante muy conocido. Raúl entusiasmado accedió fácilmente. A decir verdad, durante todo el paseo me sentía como un mal tercio entre ellos.

Pedimos una mesa para poder sentarnos y ordenar nuestra comida. El lugar tenía un ambiente un tanto animado, había mucha gente alrededor, pero aun así parecía pacifico.

-Oh, discúlpenme. Enseguida regreso- El celular de Emilie había sonado y ella salió del restaurante para atender la llamada, dejándome a solas con Raúl.

El silencio se hizo presente en la mesa. No tenía de que hablar con él, en parte por mis pequeñas sospechas y paranoias, y también porque durante el recorrido, no hablé demasiado.

-¿Qué ocurre Lisandro? Has estado algo tranquilo, por no decir invisible. ¿Algo no va bien?- Levantó una ceja y me miró fijamente como si estuviera escudriñándome.

-No, no es nada. Es sólo que no tengo mucho de qué hablar. Además de que parecías tener una plática amena con Emilie, no quise interrumpir.-

-¿Eso es lo único? Siento que eso no es todo. ¿O me equivoco? Quizás algo te esté incomodando, adelante puedes decirlo.- No estaba seguro de lo que estaba pensando, pero su sonrisa algo burlona parecía adivinar mis pensamientos.

-Bueno, para ser franco y directo. Estoy algo inquietado por tu amistad con mi novia. Quizás sólo sean arrebatos de celos.-

-¡Vaya! Que honesto eres. Pero no te culpo. Tener una hermosa novia como Emilie es para preocuparse. Es blanco de muchos pretendientes. Sin embargo…- Pausó levemente unos segundos. –No pienso perder de nuevo, Lisandro.-

-¿Uh? ¿Qué quieres decir?…-

-¡Listo! Ya volví. Lo siento.-

-¡Ah! Emilie que bueno que hayas regresado, te extrañé a pesar del corto tiempo.- El tono frío de su voz, cambió drásticamente ante la presencia de ella.

-Tú siempre tan divertido.-

-Me alegra que hayas vuelto, cariño.- Besé su mejilla. Tenía que dejar en claro ciertas cosas, antes no lo hice por educación y por disipar mis supersticiones, pero ahora era un hecho, estaba confirmado. Este tipo no era más que un rival… Sentí la mirada de Raúl con cierto recelo y enojo. ¡Ja! Punto para mí.

-Ustedes sí que son raros, sólo me fui por poco tiempo. Están exagerando un poco.- Se sentó en la silla con una sonrisa en sus labios.

-No podemos evitarlo. Tu presencia tan maravillosa nos hace falta- De verdad que me estaba cabreando. –Por cierto Emilie. Me has mentido, me habías dicho que Lisandro era realmente alto, pero no es así.-

-Lo dije desde mi perspectiva. Raúl, tú tienes casi la misma altura que él. Por eso no lo piensas. Pero creo que si lo vieras desde mi punto, notarías que es cierto.-

-Tienes razón Emi. ¿Cuánto es que mides Lisandro?- Regresó a verme tranquilamente.

-Un metro ochenta y tres.- Dije secamente.

-¡Oh! Yo mido un metro ochenta y cuatro.- Sonrió orgullosamente. ¡¿Es enserio que presumía un insignificante centímetro?! Creo que estaba a punto de hacerme cometer un crimen…

Emilie simplemente sonrió. Es cierto que me gusta verla reír, pero me molestaba que todas sus risas hayan sido por ese tipo. Una parte de mí quería alejarla de él, pero eso sería ser demasiado posesivo, incluso yo mismo me enfermaba por mis pensamientos egoístas. Debía comenzar a calmarme antes de que se me fuera de las manos.

En toda la cena me sentía incómodo, desconfiado y casi amenazado. Raúl me observaba burlándose de mi actitud, parecía darse cuenta de cómo me sentía.

Una vez terminado nuestros alimentos. Fue por fin la hora de despedirse del “simpático” amigo de Emilie. Quizás pasé varios momentos amargos, pero por lo menos Emilie parecía contenta.

-Gracias por prestar su tiempo para orientarme. Nos vemos Emilie.- Besó su mejilla.

-No es nada Raúl. Me alegra que me lo hayas pedido.- Ella como siempre tan tierna.

-Hasta luego Lisandro ha sido un placer conocerte.- Me extendió la mano. Sentía que lo estaba diciendo en plan irónico.

-Lo mismo digo.- Hipócritamente sonreí estrechando su mano.

-Espero verte de nuevo. Por favor ten en cuenta lo que te dije.- Se subió al taxi y lentamente se alejó dejándome algo molesto.

-¿Uh? ¿De qué hablaba?- Preguntó Emilie inocentemente.

-Ah, no es nada importante. Hablaba acerca de probar la comida tailandesa. ¿La has probado?- Intenté cambiar el tema.

-No, nunca. Aunque me han dicho que es deliciosa.- No estoy seguro se creyó en mis palabras, lo único que puedo decir es que supo disimular muy bien.

-Algún día iremos juntos a probarla. Te lo prometo.-

-¡Me encantaría! Gracias Lisandro.- Sonrió sinceramente. Logró tranquilizarme. Tengo la fortuna de tenerla a mi lado. Le devolví el gesto y la abracé sutilmente, dándole un tierno beso en su nuca.

“…No pienso perder de nuevo, Lisandro…” Aquella frase surcó mis pensamientos tan repentinamente. Sus palabras me dejaron pensativo. Me había declarado una guerra en la que por supuesto no tenía la mínima intención de perder. Pero había algo que me alarmó tan efusivamente. El que haya usado la palabra “de nuevo” me daba desconfianza… ¿Acaso él conocía a Emilie tiempo más atrás?

Eso definitivamente no me agradaba en lo absoluto…

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