El corazón de Galio se encontraba demasiado agitado, se había levan..." /> La noche en que la muerte llegó de visita. Parte 3 – El Perla Negra

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Historias

Publicado en septiembre 3rd, 2015 | by ARTEMIO SHAKES FAJARDO

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La noche en que la muerte llegó de visita. Parte 3

El corazón de Galio se encontraba demasiado agitado, se había levantado muy temprano por la mañana y lleno de bríos y energía, pese a haber dormido muy poco la noche anterior; de hecho, casi no recordaba los siniestros y misteriosos sucesos de esa noche, salvo por el hecho de haber viso llegar a la que para él era la mujer más hermosa que había visto, y eso que no logró verla de frente, pero por lo que alcanzó a distinguir entre las sombras y sobretodo el porte y su forma de hablar, no le cabía la menor duda de que era una mujer única y ardía en deseos de conocerla en persona y ver si sus ilusiones eran reales.

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Estaba listo para salir antes de que la bella joven saliera de la iglesia donde se había alojado esa noche, su madre, una mujer no tan vieja pero ciega le advirtió que no saliera, – ¡Hijo, si sales por esa puerta muerte es lo único que vas a encontrar, te verás envuelto entre las llamas del mismísimo infierno, igual que tu padre!  Tal vez no sea capaz de ver, pero siento en mi alma que si vas y ves lo que produjo la horrible atmósfera de anoche, ¡te perderé para siempre! –.

El joven comprendía la preocupación de su madre, después de todo lo de la noche anterior no había sido nada que se hubiera experimentado antes, una noche aterradora, pero en el podía más el deseo de ver al fin el rostro de esa misteriosa visitante, así que salió camino a la iglesia. 

Iliria salio de la habitación después de haber pasado la noche pensando en la situación que enfrentaba; ella fue enviada a eliminar a un rebelde, pero ahora resultaba que había por lo menos dos y ambos eran poderosos, no sería fácil acabar con ellos, en especial si trabajaban juntos; estaba tan ensimismada pensando en quién podría servirle de ayuda para esta misión, que no se dio cuenta de que Argun, ya no se encontraba en la iglesia.

¿Dónde esta el inepto de Argun? –  le preguntó al párroco que estaba durmiendo en un sofá,  el pobre hombre despertó asustado y apenas pidiendo pronunciar palabra dijo que no lo sabía; Iliria salió de la iglesia, no había tiempo para preocuparse por su acompañante, había situaciones más importantes que atender y tenía que averiguar exactamente a qué o a quién se enfrentaba, ella conocía a Armerus, y sabía que sería sumamente difícil vencerlo, pero desconocía la identidad del sujeto que había entrado en su mente y eso era lo que quería saber lo más rápido posible.

Galio llevaba un paso veloz para llegar a la iglesia, cuando la vio salir, quedó maravillado con su belleza, con su elegancia, era como un hermoso ángel convertido en una mujer que superaba por mucho lo que el había conocido; su hermosa y perfecta piel blanca resaltaba maravillosamente sus ojos negros, tan negros como la oscura noche que acababa de estremecer a todo el pueblo hacia apenas unas horas, su cabello largo y negro era como una cortina de tinieblas que le escondía la mitad del rostro, llevaba una capa que le cubría todo el cuerpo resguardando la del frío y se notaba, que llevaba mucha prisa y que estaba consternada.

La bella joven detectó que el humilde muchacho la veía, como la veían muchos, hipnotizado por su belleza, sólo entró en su mente para ver si podría ser de utilidad para encontrar a sus presas, pero lo que vio la dejo perpleja, era un simple mortal, un esclavo por el que nadie daría nada, pero de alguna forma el estaba muy relacionado con el hecho de que Armerus fuera exiliado del reino; mucho más confundida de lo que ya estaba, cruzó la calle para abordar al joven, que no pudo articular palabra alguna en presencia de la mujer que para el era la más hermosa del mundo.

-¿Quién eres tú?-

¡Amm yo, yo,  soy Galio mi señora, soy el herrero del pueblo, yo estoy a su servicio!– respondió el joven inclinándose ante la belleza de la hermosa Iliria.

Ya no lo serás más, tengo que hacer algunas cosas en este lugar y tú me ayudarás; no me cuestionarás nunca, responderás todas mis preguntas y harás siempre todo lo que yo te diga; andando que no hay tiempo que perder-.

El joven se sintió en un sueño hecho realidad, pues ahora pasaría todo el tiempo al lado de esa bellísima mujer, aunque parecía muy misteriosa, sobretodo por el hecho de no haberle dicho su nombre, pero le había ordenado no preguntar ni cuestionar nada, y el joven deseaba obedecerle.

Mientras tanto Argun estaba entrando en el castillo de Priosa, un lugar «abandonado»  que todo el pueblo decía que estaba maldito, obviamente si en este pueblucho se encontraba un rebelde se escondería en este lugar, pues era ideal para ese fin y eso explicaría las supersticiones que rondaban entorno al lúgubre sitio; caminaba con paso lento, como titubeante pues realmente era un cobarde, siempre se valía de otros para cumplir las misiones que se le asignaban para luego llevarse el crédito, pero esta vez lo que deseaba no era cumplir la misión, sino acabar con Iliria, así que buscaba al rebelde que se suponía que él y la joven asesinarían, para hacer una alianza que les permitiera a ambos acabar con ella.

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Ya llevaba gran parte del castillo recorrida y sus sospechas se confirmaban a cada paso que daba, el lugar no estaba abandonado, era habitado por alguien, alguien que no comía, no bebía y al parecer no dormía; continuaba su recorrido por los oscuros pasillos en los que apenas entraban ligeros rayos de luz que se entre metían por las oscuras y gruesas cortinas, que cubrían las ventanas; de pronto lo invadió una paz como la que nunca había sentido, se sintió tan cómodo y relajado que incluso comenzó a sentir sueño,  era como su toda su vida estuviera en un perfecto orden y no tuviera ningún problema, poseído por esa calma, respiró profundamente, y lanzó un suspiro que jamás había lanzado.

Parece que eres muy valiente, viniendo aquí tú solo; pero en realidad, sólo eres muy estúpido-. Argun volteaba por todas partes tratando de ver quién era el que le hablaba, pero no lograba ver nada, todo se veía solo; – haznos un favor a ambos, vete de Lambardos y nunca vuelvas, salva tu vida-,  – ¡Qu… qu… quién eres! –, – eso no es importante, márchate ahora-, Argun, se quedó quieto y sólo se limitó a intentar explicar su plan pero fue interrumpido, – ¡Cómo te atreves a pensar que yo podría hacer alianza contigo para matar a la princesa Iliria, eres un imbécil, debería matarte ahora mismo-; – ella va a matarte, es muy poderosa, tú lo sabes, yo podría ayudarte, si la vencemos podríamos llegar al reino y tal vez derrocar a…-; fue violentamente interrumpido, de pronto sólo vio la sombra de un hombre que lo tomó bruscamente del cuello, ambos se desvanecieron en medio de una vertiginosa maniobra dejando sólo un espectro de humo.

Argun se vio de pronto flotando en medio de un enorme precipicio que parecía no tener fondo, rodeado de gigantescos peñascos de piedra negra, arriba sólo se veían nubes tan negras como los ojos de Iliria, las nubes envolvían todo aquel acantilado en una oscuridad abismal que sólo era aplacada por los intensos relámpagos que se veían querer inútilmente atravesar las espesas nubes; mezclado con el sonido de los truenos de los relámpagos, el viento parecía traer con él los brutales y desgarradores gemidos, lamentos de miles de almas, sufriendo las más espantosas torturas.

El arzobispo se dio cuenta del lugar en donde estaba, hablaban de él en cada misa y él había escuchado hablar sobre ese lugar por los miembros del reino que habían trabajado con el anteriormente; pero jamás lo había visto, jamás había estado tan cerca de él; aunque lo que más le impactaba era el hecho de que el joven que lo llevaba allí le resultaba demasiado familiar, era Ferdinand; el primero con el que había trabajado, el que le ofreció ser miembro de la orden secreta que llevaba a cabo las ordenes de la familia real.

El miedo lo paralizó por completo, la angustia hizo pedazos su alma en muy poco tiempo, la desesperación y el pánico lo invadieron totalmente, su destino se había escrito para siempre y ya no había nada que se pudiera hacer.

¡Ya entendiste tu error verdad! – – ¡MI señor, por piedad no lo haga, haré lo que sea, lo que sea, pero no me suelte, ni me abandone aquí, por favor! –

Ferdinand sólo dibujó una sonrisa casi imperceptible en su rostro y se limitó a decir: -Este lugar está destinado a traidores malditos como tú; y ahora, el rey ya sabe que tratabas de matar a su hija, jaja seguro que se divertirá mucho dándote tu merecido, por ahora yo tomaré tu lugar ayudando a Iliria para acabar con  esos rebeldes, ¡tú disfruta de tu estancia en lo más profundo del infierno! -.

El arzobispo fue cayendo al profundo abismo gritando hasta que se le acabó la voz mientras se perdía en las densas tinieblas de aquel horrible lugar, abandonado para siempre en el olvido.

 

 

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