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Historias

Publicado en noviembre 21st, 2015 | by MaryCarmen

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Me engañaron de nuevo…

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Lo conocí. Más bien, me pidió conocerme. Y fue tan peculiar su forma de hacerlo, que no pude negarme. Todo empezó con llamadas, mensajes… Lo típico. Y no sé cómo, pero me empezó a enamorar. Me gustaba mucho su trato, su forma de hablarme, su manera de preocuparse por mí, aun en la distancia; era una forma linda de sentir que alguien me cuidaba, que alguien se preocupaba por mí aunque estuviera lejos temporalmente.

Y así pasaron las semanas, me sentía una tonta de esas que tienen relaciones a distancia, pero era tan cariñoso y dulce, que no podía evitar dejarme llevar por la emoción de sentir que había alguien que pensaba en mí, que se preocupaba por mis malestares y mis días malos y que incluso me indicaba que podía hacer para sentirme mejor.

Y su voz… Tiene una voz grave, segura, capaz de llenarse de ternura o de imposición, según fuera el caso. Parecía alguien realmente preocupado por mí e interesado en todo lo que me rodeaba. Nada podía ser mejor, excepto por el hecho de que, obviamente, no estaba cerca de mí.

Después de varias cancelaciones empecé a sospechar algo extraño. Pero aun así seguí. Cuando por fin lo conocí en persona, algo en mi chocó. ¿Nunca les ha pasado que lo que esperaban no era lo que era en realidad? Pues así me pasó. Pero en un intento de no ser prejuiciosa, lo dejé pasar… Error.

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No tengo palabras para contar la cantidad de mentiras que me contó… Debo admitir que no las creí, pero una parte de mí ansiaba creerlas, necesitaba creerlas. Porque ahora entiendo que mi necesidad de sentirme amada era tal, que no importaba de que manera llegara. Y llegó de una manera mentirosa y peculiar.

Inmediatamente me pidió matrimonio. Me sorprendió y halagó. Pero debo reconocer que soy alguien que le tiene tal pavor al matrimonio y al compromiso, que creó que eso fue lo que me salvó.

Después de algunas citas, de tratar de indagar más de él y de obtener toda la información que pudiera; misma que él se negaba a darme, intenté alejarme, pero sus intentos de matrimonio se hicieron más insistentes. Me dio miedo. ¿Qué quería? ¿Qué buscaba? No podía comprobar nada de lo que me había contado de sí mismo y eso me daba miedo. Pero aun así él decía amarme y deseaba casarse conmigo. Nada parecía tener sentido, así que hice lo que mi estómago (a falta de una mejor expresión), me dictaba: HUYE.

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Y me fui. De la peor manera posible, si quieren. De la manera más brusca posible. Pero no tuve opción. Si me quedaba, me arriesgaba a más mentiras. Si me iba, me quedaría sola, pero a salvo. No sé cómo explicar la sensación de alivio que me invadió. Y entonces entendí: mi institnto siempre estuvo ahí, sólo esperaba que lo escuchara.

Al final, lo que he tratado de transmitir en estas líneas de una forma quizá poco coherente, es que no dejemos que la soledad nos domine y que escuchemos a nuestro corazón (o estómago, en este caso).

Ahora sé que él me mintió, que sólo buscaba alguien con cierta estabilidad (que él no tiene) y que ese sentimiento de soledad abrumadora y aplastante, está ahí por algo; porque algo tenemos que aprender y que es mejor que la aceptemos pronto, porque así nos dirá rápidamente qué es lo que tenemos que aprender. Quizás a vivir con ella. Quizás a aceptarla. Quizás…. No sé. Pero algo me queda claro: no huyamos de nuestra soledad. Aceptémosla. Vivámosla.

Y sólo así dejará de ser tan aplastante y terriblemente fastidiosa.



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