En una noche como esta, sin estrellas, calurosa y solitaria, me topé..." /> Microrelato: Más que lágrimas, más que un ebrio – El Perla Negra

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Historias

Publicado en mayo 23rd, 2015 | by Pepe

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Microrelato: Más que lágrimas, más que un ebrio

En una noche como esta, sin estrellas, calurosa y solitaria, me topé contigo. Estabas en una esquina, junto a una señal de «no estacionarse», tu ropa era demasiado corta, comprensible ahora, porque hacía un calor del infierno, pero que en aquel estado etílico, en aquella oscuridad y con una distancia que no me permitían mirarte, así que creí que eras una prostituta, en busca de unos billetes.

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Quise cruzar a la otra acera, para evitar que te acercaras a mí para ofrecer tus servicios, con temor de que pudieras notar mi lamentable estado e intentaras robarme la cartera. Pero no pude porque en ese momento en que tomaba esa decisión casi caigo al suelo por haber tropezado por culpa de una grieta en la acera y tuve que sostenerme del edificio que allí había. Tratando de retomar el control avancé, apoyándome en la pared, unos cuantos pasos hasta que fui capaz de escuchar un leve llanto. Me asusté, creyendo que aquellas leyendas urbanas de fantasmas femeninos que aparecen ante los hombres solitarios y ebrios como yo eran ciertas y que precisamente yo sería una víctima más esa noche.

Mi estupidez, causada por el alcohol, comenzó a abandonarme con el susto y eso me hizo regresar a un estado de más conciencia, aunque no del todo recuperado. Llorabas, ¿por qué? no lo sabía, ¿por qué en la calle a esa hora tan lúgubre? ¡Qué extraña situación fue!

Por curiosidad, me acerqué poco a poco a ti, tratando de ser cuidadoso de no asustarte o de no asustarme. Notaste mi presencia a pesar de mi torpe sigilo y enjugaste un poco las lágrimas y cesaste el llanto.

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Éramos dos extraños, en plena madrugada, cada uno con sus desgracias sobre los hombros. Ninguno se movio, ambos logramos sincronizar un silencio que me decía mucho, ya que no huiste, casi como si esperases a alguien, como si me esperabas a mí.

No sé de dónde me salio la voz y la coherencia en las palabras, pero te saludé, como si la situación fuese de lo más común y respondiste calmadamente.

¿Cómo es que terminamos hablando de nuestros problemas, sentados en el borde de la acera, esperando el día, como si se tratase de dos viejos conocidos? Por alguna razón confiamos el uno del otro y vimos más que una mujer con lágrimas en espera de consuelo y más que un hombre ebrio en busca de olvido.

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