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Historias

Publicado en agosto 29th, 2016 | by Paola Iridee

Rocas ígneas…

Aquellos pasos fueron los últimos que dieron. Caminaron de la mano como si no hubiese pasado el tiempo; así lo decidieron, aunque ambos supieran que estaba quebrado ya el suelo.

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Cuando el derrumbe comenzó, decidieron seguir caminando con gracia, como si estuviesen ejecutando la danza que nunca pudieron bailar. Sus manos, como garzas, apuntaban hacia ella, mientras ella sonreía, dando brinquitos entre las grietas, corriendo en zigzag; huyendo y atrapando sonrisas en el aire. Sus pies comenzaron a ceder a la falta de piso, y decidieron hundirse así… bailando, cediendo, no con resignación sino con un gozo que no se puede decir.

Ella terminó de hundirse, dejando sólo uno de sus brazos, largos y elegantes, estirado también como garza hacia él. Entonces él desplazó hacia allá el peso de su cuerpo, y dio un solo paso, corto y perfecto. Cayó de pie. Se fundieron los dos en un mundo que nunca volvió a existir.

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Tras el paso del tiempo, la gente comenzó a llegar de nuevo a ese lugar al que no sabían cómo, más que por azar. De vez en vez, algún incauto cerraba los ojos y se dejaba fundir con el espacio vacío por un instante, entonces aspiraba sus rocas, viejas e ignotas, y la última danza, el último escombro cobraba vida.

Nadie supo decir nunca qué eran aquellos escombros entre los que se paseaban los nuevos poetas.  Alguna vez las paredes viejas se humedecían e inspiraban a los recuerdos a vivir de nuevo,

entonces los poetas se sentaban, con sus papeles frescos, y escribían, y escribían…

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