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Historias

Publicado en diciembre 11th, 2016 | by RenataB

Tu impuntualidad y la relatividad del tiempo

Desde el primer momento en el que te conocí, debí suponerlo. La puntualidad no era la mejor de tus cualidades, si bien tuviste la amabilidad de avisarme con anticipación que llegarías retrasado 15 minutos, yo ya iba en camino y al final pensé que no era para tanto; así pues, ese día te esperé alrededor de media hora sin imaginarme que esa sería la primera de muchas esperas más.

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Estaba sentada mirando mi teléfono cuando escuché que alguien dijo mi nombre con una voz casi inaudible y en tono de pregunta.

Levanté la vista y ahí estabas tú, con la respiración ligeramente agitada, seguramente por las cuadras que tuviste que caminar al salir del metro. Tu rostro, sin embargo, se veía tan apacible como el tono de tu voz; me inspiraste confianza. Comenzamos a caminar sin decir a dónde mientras me contabas el porqué de tu retraso y el accidente que tu teléfono sufrió durante tu travesía hacia nuestro encuentro. Al principio me costó trabajo entender lo que decías, parecía que en vez de hablar, murmurabas muy suavecito.

Ese día sin necesidad de esforzarme mucho te descifré, de inmediato me di cuenta de lo noble, franco y transparente que eras. Conforme nuestra plática iba tomando forma, tu carácter apasionado se desbordaba también, te dabas tu tiempo para escuchar, para preguntar, para responder, era como si desmenuzaras cada parte de nuestra conversación y la expusieras ante la luz para analizarla con lupa.

Yo notaba cómo me observabas, leías mi lenguaje corporal y prestabas meticulosa atención a cada palabra que salía de mi boca, tu mirada destellaba un brillo inteligente y agudo difícil de pasar por alto. Creo que durante esa noche platicamos alrededor de 4 horas, tiempo en el que supimos un poco más el uno del otro, hablamos de tu amor por la labor social y la educación, de nuestro pasado, relaciones fallidas, familia, el significado de tu tatuaje, el karma, el universo, la vida. Me sentí cómoda; tener una conversación contigo fue muy natural y enriquecedora, tu increíble elocuencia y seguridad al hablar combinado con la lisura en tu voz me dieron una muy buena segunda impresión opacando a la primera, la cual quizá sobra decir que no fue tan buena (en este punto es donde hago hincapié en el grado de intolerancia que tengo ante la impuntualidad).

Nos despedimos y quedamos de vernos a los pocos días. En nuestro segundo día juntos hablamos de música, cine, hobbies, viajes; nuevamente el tiempo se nos pasó volando. La verdad es que no fue hasta ese punto en que me di cuenta que además de inteligente, eras bastante atractivo; honestamente fue un pensamiento efímero que no pensaba alimentar, hasta que fuiste tú quien dio el primer paso. Quién diría que así empezaría algo más fuerte que una amistad. 

Me enamoré. Pensé que podría evitarlo si así lo quería, pero la verdad sólo me engañé a mí misma. Y es que cómo no encariñarse con alguien así, tan sutil pero firme y directo al hablar, tan amable y noble, de alma sensible, curioso y aventurero, siempre hablando bien de tu familia y amigos, encontrándole más pros que contras a las situaciones desfavorables; tú y tus chistes bobos, tú y tus ganas de aprender y tu pasión inmensurable por la educación y las oportunidades para ayudar; siempre con una historia que contar sobre cada persona que conocías y cada lugar que visitabas, tú y tus anécdotas divertidas sobre tus viajes y momentos embarazosos en tu intento por perfeccionar tu español; tú…tan preocupado por hacer un cambio en tu entorno y es justamente esa misma preocupación la que siempre te ha mantenido haciendo cosas todo el tiempo, siempre alguna llamada que atender, una actividad imprevista que resolver, siempre metido en más de dos o tres proyectos a la vez.

Fue así, poco a poco y con esa energía que emanabas que, sin darme cuenta, un calorcito fue metiéndose hasta las fibras más enmarañadas de mi ser. Tal vez nunca te lo dije, pero yo te admiraba tanto porque a pesar de tus mil ocupaciones, todo el tiempo mantenías esa mesura y nunca se te veía de mal humor; estresado y cansado sí, pero nunca te quejabas, tu carácter impertérrito y tu bondad son inherentes; y es que se notaba que a pesar de todo era algo que disfrutabas hacer, pues el ayudar a otros siempre ha sido tu motivación. Además, teniendo tantas cualidades como las que tienes, al final tu impuntualidad ya era irrelevante, fuera de eso (y tu maldita obsesión por los gatos), creo que éramos increíblemente compatibles en casi todo lo demás.

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Llegabas tarde a nuestras citas, 10, 15, 20 y en una ocasión hasta con 40 minutos de retraso. Nuestro primer viaje juntos fue lo mismo, llegaste 5 minutos antes de que el autobús saliera y casi nos deja. A veces para reunirnos también era complicado, pasaban días, incluso semanas para poder emparejar nuestras agendas y vernos de nuevo, pero al final siempre nos las arreglábamos. Y bueno, cuando te preparabas para salir yo sabía que tu «estaré listo en 10 minutos» era para multiplicarlo por 3. Pero a pesar de que me llegué a molestar en un par de ocasiones, entendí que si quería estar contigo tendría que aprender a esperar.

Trabajar con mi paciencia era todo un desafío, pero lo que yo aprendía cuando estaba a tu lado hacía que cada minuto de espera valiera la pena. Ya el tiempo no era importante, si acaso sólo quería que se detuviera para seguir disfrutando de tu presencia. Estoy convencida de que uno debe de estar enamorado para entender sobre la teoría de la relatividad del tiempo.

La realidad es que el único momento en el que el tiempo recobraba su poder era cuando me ponía a pensar en que mis días a tu lado estaban contados, en unos meses más tendrías que regresar a tu país, a tu vida normal y entregarte de nuevo a una rutina a la cual yo era ajena y de la cual sabía muy poco; y yo, aunque siempre supe que solo estarías de paso en mi vida, dejé de poner resistencia y comencé a disfrutar. Y es que estar a tu lado era como un suceso extraño y anormal, como cuando dos planetas se alinean; un fenómeno tan raro como un eclipse solar… tal vez ahora me explico mejor cuando digo «cada minuto de espera valía la pena», la gente puede esperar horas mirando fijamente hacia el mismo lugar con tal de admirar la incomparable belleza de algo que durará menos de 3 minutos.

Así pues, con la misma parsimonia con la que llegaste, te fuiste un día. Me diste un beso que yo hubiera querido que durara la eternidad, caminaste lento mirándome con esa agudeza que te caracteriza, como analizando todo y a la vez nada, dedicando el tiempo necesario para despedirte en silencio; tratabas de corregir tu tristeza con una sonrisa ligeramente forzada, pero tus ojos siempre tan expresivos delataban un vaivén de sentimientos que claramente tratabas de reprimir.

Y aquí estoy ahora después del eclipse, con esa sensación con la que uno se queda después de que todo terminó. Ahora ya te fuiste, y así como la luna y el sol que al final no pueden quedarse (porque la primera pertenece a la noche y el segundo al día), y los planetas tienen que desalinearse para volver a su punto original, contengo las ganas de aferrarme a algo que ya terminó, sin embargo, no hay día en que no me pregunte si algún día volverás. Tal vez el destino quiera volver a juntarnos o el universo de nuevo quiera alinear nuestros planetas y el tiempo empareje nuestros calendarios; quizá sea solo cuestión de dejarlo a merced de nuestra necedad o de nuestras ganas.

Cualquiera que sea el caso, ya sé que tengo que esperar, y tal vez ese día…no llegues tarde.

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