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Historias

Publicado en septiembre 2nd, 2015 | by Jorge Rodríguez

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Una visita más a mi felicidad…

Otra visita más a esta solitaria sala de cine, una proyección más en la cual el fantasma de tus labios recorre con su cruda frialdad una de mis mejillas y luego mi cuello; hace ya algunos filmes que me he acostumbrado a que el largo de tus brazos no rodee con desesperación mi espalda en busca de un poco de calor o bien de un poco de abrigo, incluso he logrado deshabituarme de esa absurda necesidad tuya de cuestionar cualquier acontecimiento de las películas, sin aguardar a que la misma contestará lo que te debatías.

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Esta es una visita más a la fría cafetería que gustábamos concurrir, un nuevo vaso del pésimo frappuccino que degustabas con agrado y que nunca hallé exquisito. Otra funesta y comercial canción que habla de amor, sí, de esas que extasiada te desvivías por cantarme al oído mientras me abrazabas enérgicamente, para variar otra maldita recomendación de un libro que recogerías del mostrador donde se paga, mientras piensas que el libro que te sugieren leer es una gran obra que marcará tu vida.

Este es otro día, en el molesto y lento restaurante que gustabas frecuentar, una vez más he decido probar esa insípida crema de viejas zanahorias, y aun peor, he ordenado una vez más esa carne que tan quemada traen de la cocina, acompañada de papas y otros rancios vegetales; otra pareja habla de un día más en su notablemente desgastada relación, de su cotidianidad y de esos grandes planes que habrán de transformarlos en otra de las muchas parejas ideales que tanto conocemos.

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Esta es la última visita en un molesto día, a la librería más cara y elitista de la ciudad, con el único fin de adquirir el último tomo de una serie de best sellers que hemos visto también proyectados en un congelado cine, una vez que me dirijo a la caja a pagar, suena una de esas molestas canciones de algún rockero icónico en la historia de la música, sí, de esas cancioncitas que tanto repetías, y que rara vez reparaste en lo que en realidad decían o a quién se lo decían… Esta es la última visita del día.

Una vez que llego a casa y me acomodo en el sofá, suena un buen disco del buen Joaquín y en la mesa de a lado, lucen con fulgor los cristales de unas botellas que me ayudarán con esta feliz reflexión.
Destapando el whisky que han traído esta mañana, me sirvo una buena porción acompañada de hielos, ha llegado la hora de agradecer por tu partida, y tras un largo trago, abro una de las tres cervezas, ha llegado la hora de sacar tus recuerdos y tirarlos…

Una vez que se acaba la botellita de un gran sorbo, destapo las otras dos, las bebo, dejó de ser doloroso ver cómo se van tus regalos en el camión de la basura, y una vez que el tequila se destapa, las teclas de un ansioso teléfono se marcan con furor, para escuchar tu voz tras el auricular, para decirte muchas gracias por lo que fue y no ha de ser más, gracias por dejarme fluir.

He colgado, no me siento ni un poco ebrio y he salido con otra amiga, vamos a cantar un poco en un café cercano la canción de las noches perdidas, vamos, como todas las noches, a compartir la soledad que nos aqueja, con aquellos corazones rotos pero felices, que son también miembros del club del sargento pimienta.

Vamos a ser felices en nuestra eterna compañía de solitarios cantantes, de empedernidos errantes, de enamorados vacilantes.

 

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